Sobrevivo para encontrarte

Sobrevivo para encontrarte


Arturo De Dios / Caminante

Foto: Salvador Cisneros

Tixtla, Guerrero. Una noche de inicio de 2018, Eleucadio Ortega no pudo pegar los ojos, aunque moría de sueño por el cansancio acumulado. Una y otra vez se paró al baño a orinar hasta que vio el amanecer. Cuando llegó la hora de levantarse no pudo. Estaba agotado, sin fuerzas, deshidratado. 
Su esposa, Calixta Valerio, lo tomó y lo llevó a un médico. Los niveles de glucosa estaban altos, el diagnóstico fue certero: diabetes.
En los días siguientes, Eleucadio dejó de ser ese hombre robusto, de brazos anchos, abdomen abultado, pecho amplio y, en cambio, comenzó achicarse por la pérdida vertiginosa de peso. Eleucadio le echa la culpa a la preocupación y deja a un lado todas las mal pasadas y los desvelos que ha significado estos cuatro años.
Eleucadio es padre de Maurio Ortega Valerio, uno de los 43 estudiantes desaparecidos esa noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero. Él y su esposa son indígenas mè phaa de la comunidad Monte Alegre, en el municipio de Malinaltepec, en la mera Montaña de Guerrero. Ahora el hombre, mientras camina o plática, se sostiene los pantalones para que no se le caigan. 
En este momento no tiene dinero para comprarse unos de su nueva talla. No tiene trabajo, no ha podido ir a trabajar al campo donde sembraba maíz, frijol, calabaza y café. Es más, hace tres meses que no pisa su casa. 
Eleucadio está sentado en  un pupitre de uno de los salones que se han convertido en habitaciones, se da ánimo; dice que está recuperando el peso perdido, aunque advierte que la diabetes no lo detendrá en la búsqueda de Mauricio. 
Aunque a Eleucadio le preocupan también sus otros cinco hijos. Los está criando a distancia, por teléfono. “Mi hija de 13 años me llama a diario y me pide que vaya al pueblo, pero tengo que estar acá. Para ellos ha sido difícil, están tristes porque no estamos con ellos, extrañan a su hermano desaparecido. Ya no somos iguales”.
A cuatro años de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa los efectos en los padres son cada vez más evidentes: diabetes, parálisis facial, asma, hipertensión arterial, dolencias, ansiedad, insomnio, mucho insomnio.
La desaparición de los 43, los cruentos ataques de esa noche y el muro de silencio que construyó el gobierno para no dar respuestas, provocaron efectos expansivos en los padres y sus familias. Los 43 no son las únicas víctimas.   
El Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) en su periodo de investigación documentó 180 víctimas directas incluyendo seis ejecutadas extrajudicialmente [tres normalistas, dos integrantes del equipo Los Avispones y un taxista], además de 40 heridos: entre ellos, el normalista Aldo Gutiérrez aún se encuentra estado vegetativo, en los ataques en la noche del 26.
Entre las víctimas, dice el GIEI, se debe considerar a los familiares de las víctimas directas, que son al menos 700 personas.
Muchas de esas familias por estos hechos perdieron su cotidianidad, se rompieron, se dividieron. Padres que buscan a uno de sus hijos e hijos que se crían sólo para que sus padres puedan buscar al hermano que les falta.
El informe Impactos Psicosociales del Caso Ayotzinapa. Yo sólo quería que amaneciera elaborado por Fundar, el Centro Pro-Juárez, Tlachinollan y Serápaz en cumplimiento a la recomendación Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) describe algunos de esos efectos en las familias de los 43: “Los sentimientos que experimentan van desde la confusión y el miedo, hasta el terror y el vacío”.
Estos cuatro años han sido de desgaste emocional, físico, económico para los padres de los 43. Todos están firmes en la búsqueda de sus hijos, aunque algunos han tomado pausas por razones esenciales: pobreza y enfermedades.
En los padres se han construido lazos fuertes: quieren que aparezcan “sus hijos”, no sólo el propio y no todos, los 43. Si uno de los papás no está, no quiere decir que el estudiante esté sin representación. No. Por ejemplo, Nicanora García, madre de Saúl Bruno García, adoptó al mejor amigo de su hijo, Leonel Castro, ya que sus padres que desde hace dos años suspendieron su búsqueda por falta de dinero.
Nicanora en el salón de la normal que han convertido en su habitación, mantiene siempre las fotos de Bruno y Leonel.